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4.2.07

Sal sobre la nieve

Durante aquel invierno, se oyeron por la ciudad los crujidos que el hielo producía con sus contracciones debidas al frío extremo.

La cabaña de Marcela estaba en la colina, apartada de la ciudad. Desde abajo sólo se la distinguía como una forma oscura y borrosa, de ese color gris que tienen los troncos en la nieve. Esa tarde, ya casi noche, la chimenea no humeaba, pues a Marcela se le había acabado la leña. Así que arropó a sus tres hijos con una gruesa manta, y el uniforme que consiguieron encontrar de su marido, después de la guerra. Sin embargo, los niños aún tiritaban.

Salió y miró el azul de la nieve del ocaso. Con un abrigo viejo, un saco raído a la espalda y un hacha mal afilada, cerró la puerta para proteger el poco calor de dentro y bajó por la colina nevada, en busca de leña.

El hielo escondía los troncos cortados. Eran todo lo que quedaba del espeso bosque que había antes de que la gente de la ciudad esquilmara sus reservas de madera para calentarse. Oscureció, y, a pesar de que la luna la iluminaba, maldijo la noche clara que en invierno anuncia frío. Aún más frío.

No oía nada que no fueran sus pisadas, no veía casi nada que no fuera azul y su nariz sólo percibía olor a niebla helada. Así vagó durante horas, hasta que la luna estuvo en lo alto y vio un roble viejo, negro, desnudo, allá abajo. Con las manos moradas empuñó el hacha, con los pies rojos apretó el paso.

-¡Te mataré, por mis hijos!- y en seguida estuvo al lado de su víctima salvadora, a la que despedazó viva e introdujo en su saco. Allí quedó el tocón del último roble, que pronto quedaría enterrado.

Siguiendo sus propias huellas llegó a su casa con el hacha y la leña un par de horas más tarde, pero aún no clareaba: era la noche más larga del año, Nochebuena.

Frente a su puerta, tiró del saco hacia arriba para dejarlo en el suelo, y la gastada tela cedió, se rasgó y Marcela sintió cómo se libraba involuntariamente de su carga. Miró hacia atrás. La leña, demasiado redonda, rodaba, rodaba...

Soltó el hacha, cayó de rodillas, y se quedó así hasta que los troncos dejaron de rodar.

-Cogeré el que está más cerca. Mientras arde, iré a por los demás- se dijo.

Y así lo hizo, pero debido al agotamiento tardó tanto que la luna ya se escondía por el oeste cuando pudo, por fin, encender el fuego. No fue a por los demás, pues se quedó dormida en seguida, arrobada por la refrescante hoguera. Tampoco fue a por más cuando, ya de día, se despertó, pues sus hijos ya no respiraban.

Salió de la cabaña. El hacha y el saco; y, más allá, más abajo, los oscuros maderos que a nadie salvaron la vida. Recordó la noche anterior y lloró. Lloró por su marido desaparecido en una guerra absurda, por el último roble asesinado, por sus hijos. Por ella. Lloró tanto que las lágrimas cayeron al suelo y con la sal derritieron los témpanos. Y el hielo de las calles de la ciudad se fundió y el agua que ahora corre por ella son las lágrimas de Marcela, y su espíritu guía a los gondoleros de Venecia, mientras sus niños juegan bajo las aguas con los peces.

Ésta es la historia que me contó el gondolero anciano, que me recibió en su casa en Nochebuena, pues hacía frío y yo no pude encontrar hotel. Con una taza de café negro entre las manos, la chimenea encendida a mi izquierda y el rostro sabio del gondolero anciano en frente, me sentí saciado de calidez.

Fui al poco a la cama, pensaba en cómo sería un mundo donde historias como las de Marcela pudieran ocurrir. Pensaba que en este mundo sin magia, las lágrimas de Marcela se habrían helado antes de llegar al suelo.

2 comentarios:

Cecilia dijo...

cuánta tristeza pero me enternece y puedo sentir el frío

desde mi alcor dijo...

Me parece deprimente en la superficie; no obstante si escarbas, descubres que a otros niveles más profundos se trata de pura POESIA.